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Henrique Capriles Radonski, perdió credibilidad ante el pueblo.

Al Henrique Capriles Radonski de 2012 nunca le faltaron los elogios. Las calles colapsaban cuando el Flaco, como le apodaron, se acercaba de visita a hacer campaña. A él le gustaba viajar en moto para así poder llegar a los barrios más humildes. Era un “correcaminos” incansable. Por eso el pueblo le agarró tanto cariño como respeto, aunque esos sentimientos hoy están tan devaluados como la moneda nacional.

Los medios de comunicación, algunos en el interior, pero la mayoría a las afueras, lo bautizaron como “el soltero más codiciado de Venezuela”. Era guapo, de buena familia y un católico encomendado a la Virgen y al “tiempo de Dios”. También era el hombre que prometía quitarle la ‘r’ a “la revolución”. Pero lo que lo hizo distinguirse por encima de todos los que lo antecedieron fue su juventud, su vigorosidad. Había roto, después de un buen tiempo, con un patrón en la oposición al chavismo en el que las figuras eran hombres que bordeaban los 60. Capriles, rozando los 40 y lleno de energía y entusiasmo, se enfrentó ese año a un convaleciente, pero no por ello menos poderoso, Hugo Chávez Frías.

Pocos le perdonan el no haber peleado con contundencia los resultados de las elecciones de 2013. Ahora que quiere redimirse y volver al “ring” electoral tiene todo en su contra. Si su plan no resulta como espera, podría estar cavando su tumba política y firmando el acta de defunción para Venezuela.

Chávez nunca tomó en serio a Capriles. Para el Comandante, el joven político de Miranda no estaba a la altura de debatir con él. “Me daría mucha vergüenza (debatir con Capriles). Eso sería como poner a boxear a Cassius Clay con Diosdado (Cabello), que fue boxeador en una época. Ahí no hay nada que debatir, es la nada”, dijo Chávez. Para mediados de junio de 2012 ya no se sabía si Venezuela estaba en medio de unas elecciones presidenciales o en la antesala de una auténtica pelea en el ring.

“Los insultos y las descalificaciones de (Chávez) son el recurso del típico boxeador agotado, grandote, peso pesado, que está viendo a ver de dónde saca un golpe, como sea, para tumbar al contrario, más delgado, ágil y energético”, respondía Capriles, conocido por ser un buen deportista. “Es David contra Goliat”, agregó. Y así lo era, solo que Goliat ganó

Chávez se impuso el 7 de octubre de 2012 en las urnas por cerca de millón y medio de votos sobre Capriles, quien, de nuevo confiando en “el tiempo de Dios”, reconoció la derrota. En las filas de la opositora Mesa de la Unidad Democrática que acompañaba a el Flaco había tristeza, desconsuelo. El país se alistaba para enfrentar dos décadas de chavismo. Nadie se imaginaba que en esa pelea iba a haber un segundo asalto.
El comandante Chávez murió a los cinco meses de su victoria y no pudo culminar, casi que ni empezar, su nuevo período presidencial. Venezuela entró de inmediato en una crisis política de la que, siete años después, no ha podido escapar.  Se volvieron a convocar elecciones para abril de 2013. Capriles tenía su revancha, pero lo más importante para él era que del otro lado del ring estaba un chofer de autobús que aunque con habilidad para lanzar golpes, el mismo que años más tarde recibiría de la mano de la Asamblea Nacional Constituyente el cinturón de peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo, no tenía experiencia en la política. La esperanza para los antichavistas se encendió de nuevo.

Fue una campaña relámpago centrada en la imagen de Chávez y, de nuevo, con los guantes de pelea como protagonistas. “Nicolás no le llega ni al tobillo al presidente Chávez. Me medí con Cassius Clay. Si me pones otro boxeador, ya es otro juego”, lanzaba Capriles. Prefería decirle Nicolás y no Maduro para desnudar su inexperiencia. Maduro, entretanto, quiso dejar los guantes de lado y volverlo todo una batalla de rap. “Burguesito, burguesito, te vamos a dar una pelita, una pelita”, cantaba el candidato oficialista. A Capriles lo criticaban por provenir de una familia adinerada.

En medio de toda esa teatralidad, los eventos de Capriles se desbordaban, mientras que Maduro lucía estancado, y lo estaba, ciertamente. “Yo era chavista, pero no soy madurista”, se escuchaba en las calles venezolanas. La oposición llegó con confianza a las urnas. Veía el cambio tras más de 15 años. Sin embargo, aunque todos pensaron que Maduro parecía noqueado en el piso, fue él quien venció. El 1,5 % de margen le dio la victoria. Las denuncias de fraude comenzaron a brotar inmediatamente. Hubo violencia en el país. Capriles no reconoció los resultados, los impugnó, pero no sirvió de nada. El Flaco se quitó los guantes y dejó de pelear, dicen sus seguidores y electores. Muchos nunca se lo perdonaron.

Capriles en un momento campeón del pueblo, fue quedando marginado del cuadrilátero. El hombre que soñaba con ser un nuevo Lula perdía los elogios que en algún momento tuvo. Sus movimientos se hicieron lentos. Trataba de levantarse de nuevo y pelear, pero ya no era lo mismo. Sus seguidores le perdieron confianza. 

No se sabe si Capriles desconoce que con esas reglas actuales, con Maduro teniendo en la bolsa al Consejo Nacional Electoral, esta es una pelea injusta, o si simplemente se tiene mucha confianza. Sea cual sea su razón, el Flaco ha decidido desempolvar los guantes para subirse de nuevo al cuadrilátero. Quiere volver a pelear contra el chavismo en las urnas, aunque ahora todo sea diferente. Capriles ya no cuenta con el inmenso apoyo de hace siete años. Su imagen está deteriorada. Y, además, ya no tiene un rival al frente, sino uno en cada esquina.

Foto: El Pitazo

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